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Primer trabajo juntos I — 16 mayo, 2017
Question and answer — 7 mayo, 2017
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Juegos de la cochambre, número 2 — 25 febrero, 2017
Que comiencen los juegos… I — 16 febrero, 2017
Los poderes binarios — 13 enero, 2017

Los poderes binarios

La gran entidad totipotente que se disgregó para dar lugar a todo cuanto hoy en día existe es una Diosa Siamesa, con un solo cuerpo que comparten dos criaturas: Materia y Energía. Íntimamente ligadas, la una no puede existir sin la otra y juntas conforman y representan todo aquello que es indestructible e imperecedero. Son las reinas absolutas del cambio y la transformación, pues para ellas la creación y la destrucción no tienen significado alguno.

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Sus primeros vástagos fueron los Agujeros Negros. Concebidos a su imagen y semejanza, son los elementos del cosmos que tienen mayor parte de las diosas madre, literalmente. Una vez creados, los Agujeros Negros no tardaron mucho en demostrar un apetito auténticamente insaciable, y para atender las exigentes demandas de sus pequeños la Diosa Siamesa creó la primera pareja de dioses: Tiempo y Espacio. Entre los cuatro, formaron las dos parejas de poderes binarios más importantes del firmamento.

Al contrario que los Agujeros Negros, Tiempo y Espacio no fueron creados a partir de Materia y Energía. Ellos nacieron de una forma totalmente distinta. Tan nueva y extraña resultó la naturaleza de los nuevos dioses, que de sus creadoras parecieron haber heredado únicamente la total dependencia del uno en el otro.

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Estas insólitas deidades recién llegadas alimentaron a los Agujeros Negros en un infinito horizonte de sucesos, aunque por supuesto jamás consiguieron aplacar su ferviente voracidad. Eventualmente, la existencia de Tiempo y Espacio permitió que el universo se expandiera y surgieran cuerpos celestes nuevos como estrellas, planetas y cometas. Pero todos ellos danzaban confusos en el caos, chocando unos contra otros sin orden ni concierto, resultando totalmente ingobernables para Tiempo y Espacio.

Los Agujeros Negros, que otrora dieron tantos problemas, quisieron redimirse haciendo una buena obra, y prestaron sus conocimientos acerca de la gravedad para estructurar de forma organizada todas aquellas cosas. Así, las lunas empezaron a girar en torno a los planetas, los planetas en torno a las estrellas y todos ellos se agruparon en gigantescas y coloridas galaxias.

Y, a una escala totalmente distinta, las partículas más pequeñas de Materia y Energía también empezaron a encontrar su propia entidad. Tiempo y Espacio jugaron con ellas y descubrieron un sinfín de formas distintas de ordenarlas, unas más estables que otras. De este modo, crearon juntos los elementos y sus compuestos. Desde las caprichosas formas geométricas de los minerales cristalizados, posibles solo en la materia sólida, hasta el ir y venir alegre e incoherente propio de las sustancias gaseosas.

En el seno del espacio cuatridimensional articulado por Tiempo y Espacio, la materia y la energía cambiaban incesantemente de forma extrema, y ellos contemplaban fascinados aquella mutación sin fin de posibilidades interminables. Pero nada de lo que hubieran visto les resultó tan atrayente, misterioso e inquietante como aquella masa informe que apareció en lo más profundo de los mares primigenios, donde la roca se abre al calor ardiente del magma. No sabían bien cómo había surgido, pero notaban claramente cómo había algo en aquella cosa que la hacía singular. La vieron moverse guiada por algún tipo voluntad, vibrando bajo una pulsión que no se daba en la materia inorgánica. Eran moléculas grandes, complejas, cambiantes, veleidosas y danzarinas, alimentándose unas de otras. Eran la Vida y la Muerte.

Condones — 25 noviembre, 2016